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Biden escoge a su equipo


Joe Biden todavía no es presidente, pero muchos festejan ahora la vuelta a la aburrida normalidad. De Berlin a Ottawa, el viejo orden mundial reluce otra vez. El demócrata sólo devolvió las llamadas de felicitación de los socios habituales y ha hecho público un cordial resumen de cada una al estilo clásico que tanto echaba de menos la prensa. Cada día acapara la atención mediática con una predecible y organizada comparecencia relacionada con el tema del día, que ayer marcó él mismo con su primer nombramiento: Ron Klein, su futuro jefe de gabinete.

Una elección a la vieja, donde el jefe de gabinete de la Casa Blanca no será el responsable de vigilar al presidente, sino de ayudarle en las negociaciones con el Congreso, escoger al personal y filtrar lo que llega le llega a la mesa. Se trata de un veterano de 59 años que trabaja con Biden desde finales de los años 80, cuando era su asesor en el Comité Judicial del Senado que encabezaba. Después volvió a trabajar con en el momento en que fue vicepresidente de Obama. «Un estratega con una cabeza legal y oído político, el tipo de mano que actúa tras las bambalinas más frecuente de las últimas décadas, capaz de conducir todo, desde la crisis del Ebola hasta las confirmaciones judiciales», observó el Washington Articulo.

Es también una voz relativamente progresista para un presidente de centro, al estar casado con Monica Medina, abogada y activista de medio ámbito que fundó hace un par de años la newsletter «Our Daily Planet» (Nuestro Planeta Períodico), enseña en la Facultad de Georgetown y fue subsecretaria de Defensa para los Océanos y la Atmósfera con Barack Obama, tal como anexa de la fiscal general Janet Reno con Bill Clinton.

Otro signo progresista es la designación de 15 mujeres entre las 25 personas escogidas para dirigir la transición en el Pentágono, un cuerpo conocidamente machista que Trump pone del revés en su salida. Eso ha empoderado las voces femeninas que piden un gabinete de gobierno con mayoría de mujeres.

Klein será el responsable de ofrecer los anuncios de nuevos puestos de gobierno que se aguardan la próxima semana. Desde el sótano de Delaware desde el que ha dirigido la campaña electoral más excepcional de la historia, Biden entrevista a los aspirantes entre aquéllos que están casi todos los candidatos presidenciales con los que compitió y un puñado de senadores. Estos últimos tendrán que ser de estados demócratas a fin de que el gobernador logre denominar un sustituto sin que el partido pierda poder en la cámara Alta. Chris Murphy, de Indiana y Tammy Duckworth, de Illinois, son dos de los barajados, aunque la piloto del Ejército que perdió las dos piernas en Irak además se concreta también como posible asesora de Veteranos.

Según todas y cada una de las voces, la prioridad de Biden para dirigir su política exterior es Susan Rice, ex embajadora de Naciones Unidas y ex consejera de Seguridad Nacional a lo largo del gobierno de Obama, que ahora estuvo a punto de hallar ese puesto cuando lo dejó Hillary Clinton, pero al no tener los demócratas mayoría en esa cámara no pasaría la criba del Senado, donde se la culpa de la muerte del embajador estadounidense en el consulado de Benghazi. Biden planea reunirse con su viejo amigo Mitch McConnell, líder del Senado, para tener una idea más clara de qué candidatos serían admisibles.

Entre los que difícilmente pasarían la prueba se encuentran también los miembros del senado Bernie Sanders y Elizabeth Warren, que los grupos progresistas impulsan para Secretario de Trabajo y del Tesoro respectivamente. Warren representa a un estado con gobierno republicano, lo que la descalificaría para decepción de sus seguidores.

Con paso estable mas calmado, Biden espera que la realidad venza la resistencia de Trump a aceptar su victoria. Muchas son las voces de alarma por su resolución de no dejarle entrar a la información clasificada de inteligencia que se da a los presidentes electos, hasta el punto de que numerosos miembros del senado republicanos dijeron que intervendrán si no se soluciona antes que acabe la semana. Fue exactamente la turbulenta transición entre Bill Clinton y George W. Bush una de las cosas que la Comisión del 11-S culpó de los atentados, por lo cual los republicanos se enfrentan a la decisión de poner al país por delante de la patria. Parecería fácil, con un presidente saliente, pero Trump ha ganado 72 millones de votos con los que llevar a cabo músculo y chantajear al partido que tomó por ataque hace cinco años. En las próximas semanas va a hacer una demostración de fuerza que forzará a todos a retratarse ante la historia.



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