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Costa Amalfitana, el edn que sabe a limn

Costa Amalfitana, el edn que sabe a limn

En el siglo XVIII ahora seducía a los jóvenes que se embarcaban en el Grand Tour: el viaje por Europa que ofrecía una ocasión para cultivarse y el último reducto de independencia antes de sentar cabeza consagrándose a las ocupaciones que sus insignes familias habían trazado para ellos. También arrastra a las celebridades incluso antes de que el estudio romano de Cinecittà se convirtiera en uno de los epicentros cinematográficos, con los actores y actrices como protagonistas de interesados romances y fiestas de época. Hoy, varios viajeros procuran la vivienda de Positano donde Frances o Francesca, como rápidamente la bautizan sus nuevos vecinos, se muestra, radiante con un vestido blanco, al acercamiento de Marcello en la película Bajo el sol de la Toscana (Audrey Wells, 2003). Aunque la sorpresa no salga como ella espera, la visita jamás es en balde, así que ¡en marcha!

La Strada Statale 163, de curvas sinuosas no aconsejables para personas no principalmente habilidosas al volante o bien propensas a marearse, conecta los municipios más representativos de la Costa Amalfitana. Que no desesperen, porque funcionan de manera regular servicios de transporte por mar. Mas regresemos al primer destino: Sorrento. Bajo el ala protectora de los acantilados y profundos cañones naturales que albergan molinos en desuso, las sombrillas y tumbonas se alinean en embarcaderos al lado del mar.

El movimiento en el centro una parte de la plaza Tasso, donde se asoma el hotel Excelsior Vittoria, ligado a la figura de Enrico Caruso y a la canción homónima de Lucio Dalla de 1986. Según explicaba el compositor, alude a lo que refirieron los propietarios del alojamiento sobre la melancólica estancia del tenor, consciente de que su salud se deterioraba y enamorado de una joven a la que daba clases de canto antes de su fallecimiento en 1921. Le recuerda una placa puesta en 1995.

Aparte de la catedral, el casco urbano oculta otra joya del patrimonio: el romántico claustro de San Francisco de Agarráis, que hunde sus raíces en el siglo VII, entre los lugares preferidos de muchas parejas para darse el sí deseo. Al caer la noche llegan los ecos de la música. Suena Grande Amore, del trío lírico Il Volo, que reverdeció los lauros de gloria de Caruso en 2015, cuando estuvieron a puntito de ganar el festival de Eurovisión. Es un momento más que propicio para probar el manjar por excelencia de la región, el limoncello. Desarrollado desde la maceración en alcohol de las cortezas de limón, cuentan que este licor ayuda a digerir las más opíparas comidas.

Dominio de los mares
Antes que Pisa, Venecia y Génova, Amalfi gozó de hegemonía en las aguas del Mediterráneo entre los siglos IX y XII, legó un código de navegación en vigor hasta el XVI y se le atribuye la evolución de la brújula en la persona del navegante Flavio Gioia. Más allá de que se le erigió una estatua en la localidad, parece que su vida real no está documentada.

La influencia del tráfico comercial con el Imperio Bizantino se aprecia en la basílica del Crucifijo, adyacente a la catedral de San Andrés, a la que se accede por una escalinata (exactamente la misma por la que la talla del beato desciende y sube de vuelta meciéndose pero sin caerse gracias a la pericia de los costaleros a lo largo de su festividad del 26 de junio).

Desde la plaza en la que desemboca, un conjunto de turistas se las ve y se las quiere para cuadrar todo el edificio en las fotografías, mientras otros curiosean en los escaparates de las tiendas llenos de joyas con camafeos y de color coral. El estilo barroco impera en la nave primordial de la iglesia, cuya monumental puerta se trajo de Constantinopla en el siglo XI. Las reliquias aportaron además en la Edad Media ese agregado como imán de feligreses y riqueza que apuntalaba el estatus del ducado.

En Conca dei Marini se emplaza la Gruta Esmeralda (no confundir con la Gruta Azul de Capri). Para verla se puede llegar por tierra o mar, antes de pasar a un bote más adecuado para adentrarse en las entrañas de la roca a través de un ajustado orificio. Un pescador se encontró en 1932 con la gruta, que adquiere el color que terminó por ofrecerle nombre en el momento en que los rayos solares se filtran por una grieta generando un efecto mágico, como cuando un haz de luz que se cuela por el óculo ilumina el Panteón de Roma.

Paréntesis aparte, en el mar Tirreno la mayor de las islas del archipiélago de las Sirenas, Gallo Lungo, tentó con sus cantos al célebre bailarín ruso Rudolf Nuréyev, que ornamentó su villa con azulejos de reminiscencias andaluzas.

«Positano te marca. Es un enclave de ensueño que no se ve real mientras que andas allí, pero lo es en la melancolia cuando te has ido». Así definió el escritor estadounidense John Steinbeck en un artículo publicado en 1953 en Harper’s Bazaar a este centro vacacional en temporada alta en el que viven regularmente no más de 5.000 personas. Entre la confusión de viviendas construidas a distintas alturas sobre la montaña, los tonos verde, amarillo y azul de la cúpula de la iglesia de Santa María Assunta refulgen al contacto con el sol. El templo, con un campanario sin dependencia y su singular bajorrelieve que representa a una criatura mezcla de un zorro y un pez, está asociado al culto a una Virgen Negra de origen bizantino que transportaban monjes benedictinos.

En el momento en que su barco encalló las inmediaciones interpretaron que el incidente como una señal de que la imagen debía mantenerse allí. La composición del edificio, del siglo X, se asentó sobre una abadía anterior. Arcos en algunas zonas del casco urbano y plantas trenzadas en otras protegen a los transeúntes del calor, que se deja sentir en la playa de piedras, que queman al contacto. Como además fue casi fuego la relación entre dos de los iconos del cine italiano, Anna Magnani y Roberto Rossellini.

Todo se truncó en el momento en que a finales de los años cuarenta, a lo largo del rodaje de un episodio de la película L’Amore, por ejemplo localizaciones en el fiordo de Furore y su coqueta cala de aguas cristalinas que corona un viaducto, el director habría recibido la carta de Ingrid Bergman sugiriendo una futura colaboración que se concretó en la película Stromboli. Lo que sucedió después copó titulares en la conservadora sociedad de entonces: un idilio que comenzó cuando los dos, Bergman y Rossellini, estaban casados y del que nacieron tres hijos, entre la también actriz Isabella Rossellini. Furore no olvida a la estrella que sufrió el desamor. El museo ecológico del mar, Villa della Storta, despliega una exposición permanente dedicada a Anna Magnani.

 El Hotel Villa Treville de Positano, en medio de una costa Amalfitana.

Música y Jackie Kennedy
Las artes y la Costa Amalfitana se adoran. No solo el cine tomó de sus paisajes y monumentos. Boccaccio habla en el Decamerón de la Villa Rufolo de Ravello, del siglo XIII y al contemplarla Richard Wagner supo que había finalizado su búsqueda para el diseño de los niveles de la ópera Parsifal, de 1882. Su estancia, como las de Verdi o Toscanini, sembró las semillas del festival de música que arrancó en 1953 y se celebra en un auditorio con vistas al mar. Además, hasta este mes, noviembre, se puede acudir en el centro artístico a una exposición que rememora las vacaciones de Jacqueline Kennedy en Ravello en 1962, cuando todavía era Primera Dama de los Estados Unidos, un año antes del asesinato de su marido.

La testera de su catedral de Santa María Assunta y San Pantaleón recuerda a la de Amalfi a escala achicada. Por otro lado, los interiores no pueden ser más opuestos.

En Ravello manda la austeridad, de ahí que llama aún más la atención un púlpito recubierto de mosaicos sostenido por seis columnas que sustentan las esculturas de otros muchos leones que bien podrían ser primos lejanos de los de la Alhambra de Granada.

Hay trenes desde Roma y Nápoles hasta Vietri Sul Mare, donde se fabrican coloridos azulejos y cerámica. Puede ser el cuartel general perfecto para moverse desde allí al resto de los pueblos, como el minúsculo y pintoresco Atrani, el más pequeño de Italia si se toma su extensión de 0,12 quilómetros cuadrados de referencia, los vestigios de la villa romana de Minori o la iglesia de Santa María Annunziata de Scala.

Se puede extender el itinerario clásico hasta Salerno, importante centro de conocimiento. Y es que el saber académico floreció aquí de la mano de la Facultad de Medicina más antigua de Europa, fundada en el siglo IX, que logró notables adelantos por su rompedora aproximación a la ciencia desde la práctica, complementada con nociones de lógica, filosofía, teología y derecho. Continuó hasta el siglo XIX, pese a la rivalidad en Nápoles, Padua o Bolonia.

La catedral de San Mateo, levantada sobre una iglesia paleocristiana anterior y esta, por su parte, sepultando un templo romano, remite al periodo de esplendor normando. En el portón de acceso saluda una leona en su tiempo envuelta de piedras hermosas, y en el claustro la arcada con fundamentos evoca a la catedral mezquita de Córdoba.

Por un año la ciudad ascendió al rango de capital de Italia, en el momento en que el rey Víctor Manuel III recaló allí en 1943 en medio de una Segunda Guerra Mundial antes de ceder el poder a su hijo, Humberto II, en un intento por socorrer la monarquía. Un referéndum certificó el cambio de régimen tres años después. Las obras que se acometieron en aquella época no han eliminado la esencia del casco histórico salernitano, donde los versos del poeta nacido en Salerno Alfonso Gatto viven para la eternidad grabados en un viejo edificio: «Un día inclusive la muerte volverá a la paz y, como un aire de dolor, la luz de las puertas abiertas del mar dará todo su nuevo color al mundo que resurge», reza una de las composiciones. Y, para luz del mar, la que enmarca la puesta de sol del fin de trayecto aderezada cerca del recorrido marítimo, cómo no, con un limoncello.

Los primordiales núcleos para quien visite la zona son Amalfi, Atrani, Cetara, Conca dei Marini, Furore, Maiori, Minori, Positano, Praiano, Ravello, Scala, Tramonti y Vietri Sul Mare. 

Sitios de interés próximos, hoteles históricos incluidos

Cartuja de San Lorenzo de Padula. 12.000 m2 rodeados por 84 columnas conforman el claustro más grande de todo el mundo en el segundo monasterio de más grande tamaño de Italia, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, que consta de 320 estancias. Fundado en 1306, su configuración arquitectónica recuerda al santo torturado en una parrilla, en un curioso paralelismo con El Escorial. Con semejantes cantidades no debieron sufrir problemas de espacio para cocinar una tortilla de mil huevos al emperador Carlos V, que en 1535 retornaba de un viaje a Túnez. Una recreación histórica salva en agosto este episodio, aliñado con otras actividades culturales y festivas. Bodega, lavandería, establos o un molino estaban integrados en la recia rutina de los cartujos. Saqueado por las tropas napoleónicas en el siglo XIX, posteriormente se sometió a una restauración. Aparte, acoge el museo arqueológico de Lucania Occidental. 

 

Santuarios y museo de Paestum. Tres de los más importantes templos tradicionales mejor conservados están en este yacimiento, Patrimonio de la Humanidad desde 1998, que formaba una parte de la Magna Grecia, las colonias en otros territorios. Sobresalen los de Hera (mediados del siglo VI Antes de Cristo, Ceres, que se encontraba consagrado a Atenea y Poseidón (siglo V Antes de Cristo) A este Dios se debe el nombre que los fundadores procedentes de la ciudad de Síbaris (el epítome del lujo y el refinamiento del que ha perdurado el término sibarita) le dieron antes de convertirse en la Paestum romana. Con el paso de los siglos el sitio quedó convertido en un lodazal y enterrado bajo la vegetación, lo que paradójicamente pudo evadir su destrucción. Otra vez como en Pompeya, Carlos VII, es decir Carlos III de España, salió al salve. Su orden de trazar una carretera recuperó muchos de los restos, pero no todos, porque, entre otras cosas, parte del anfiteatro prosigue bajo la vía. En el museo se puede contemplar la tumba del nadador. Su singularidad reside en las pinturas que la decoran, de las escasas halladas en sepulturas coetáneas (del siglo VIII al V Antes de Cristo precisamente). La más popular se encontraba destinada al techo y retrata a un individuo que se zambulle en el agua. 

 

Hotel Villa Cimbrone, en Ravello. En su terraza del infinito salpicada de senos de estilo tradicional y jardines abiertos al público se obtienen ciertas instantáneas más reproducidas de los recorridos por Campania. La casa fue construida por una familia noble en el siglo XI. Tras mudar de manos, entró a ser parte del monasterio de Santa Chiara. Ernet William Beckett la rehabilitó ya en el siglo XX. Virginia y Leonard Woolf, EM Forster, John Maynard Keynes, DH Lawrence, Vita Sackville-West, Edward James, Diana Mosley, Henry Moore, T.S Eliot, Jean Piaget, Winston Churchill, los duques de Kent o la actriz Greta Garbo fueron algunos de sus ilustres visitantes. En la década de los sesenta la adquirió la familia Vuilleumier, que la convirtió en hotel. El escritor Gore Vidal la definió como «el lugar más hermoso que he visto en mis viajes». 

 

 Hotel Villa Treville, Positano. En los años veinte perteneció al escritor ruso Mijail Semenov, antes de pasar a propiedad del director Franco Zeffirelli a lo largo de 35 años. En sus habitaciones se alojaron María Callas o bien Elizabeth Taylor. El complejo, que se compone de cuatro creaciones con un total de 16 habitaciones, brincaba hace pocos años a las páginas de la prensa del corazón porque, al parecer, el actor Richard Gere y su de hoy esposa, Alejandra Silva, se conocieron en Positano en el momento en que ella administraba el establecimiento con su anterior marido. 

 

 Hotel Convento Amalfi. Es un antiguo monasterio capuchino del siglo XVI, ciertas de cuyas partes datan de 1212, que se encuentra a 400 metros del centro de la ciudad. Ya en 1826 se transformó en hotel en los inicios del turismo, y en se han hospedado Víctor Hugo, Joan Crawford, Elizabeth Taylor o Greta Garbo. 

 Hotel Excelsior Vittoria, Sorrento. Al parecer, en el subsuelo están los restos de una villa del emperador de roma Augusto. Está en funcionamiento desde 1834 bajo la administración de la familia Fiorentino. Richard Wagner, Oscar Wilde o el tenor Enrico Caruso gozaron de vistas que engloban hasta la bahía de Nápoles y el volcán Vesubio.



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