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Diario en una enfermera en la trinchera

Diario en una enfermera en la trinchera

Siempre he sufrido de la garganta y de pequeña, con 7 u 8 años, me brindaron muchas inyecciones de penicilina. Jamás lloré. Miraba a las enfermeras mientras lo hacían y animaba a los otros niños». Si aquello no marcó el destino de Fátima Trinidad (madrileña, 51 años) sí lo dirigió. Desde marzo combate el virus en primerísima línea, en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Universitario Fundación Alcorcón (La capital de españa). De allí salió el pasado día Emiliano, «un chico de 46 años, sin antecedentes de riesgo», doscientos cinco días ingresado por culpa del coronavirus. «Siempre tuvo con las fotos de sus dos hijos. Nos ha dado muchos sustos, pero ya está en planta». A él dedica Fátima unas líneas sentidas y reservadas en ‘La última mirada. Las conmuevas de una enfermera en tiempos de pandemia’ (La Esfera de los Libros), un desahogo en prosa –hay también determinados versos– que esta sanitaria de Navalcarnero escribió a lo largo de su particular ‘encierro’: dos meses en la habitación 225 de un hotel para no contagiar a sus padres, ya mayores, y a sus dos hijas jovenes, que cuidaron de los abuelos. El 28 de abril tenía que haber viajado a Londres con su pareja, «dos enamorados festejando su tercer aniversario juntos», pero la celebración fue a distancia: «En entre los pocos respiros que el trabajo me da hice un pedido por Internet, tres orquídeas, una por todos los años que llevabamos. Después ‘engalané’ la mesa de mi habitación con unos cubiertos de plástico y una servilleta blanca y cenamos ‘juntos’».

El relato, en forma de diario desordenado, cuenta sus momentos más duros –«empiezo a tener pesadillas, es casi imposible evaluar mordisco»– y capítulos que todavía le arrancan el llanto: «A Carola le di la mano antes de administrarle medicación a fin de que un ventilador mecánico respirase por . ‘Todo va a salir bien’, le dije. Y le fallé. Salí a la calle a chillar, a plañir»–. Los relatos ceden muchas veces el importancia a sus compañeras de turno, como esa que acompañó a su abuelo en cama: «Tiene 84 años y goza jugando al fútbol; sus piernas, enclenques. Su nieta cuenta que la morfina le asiste para descansar: ‘Pequeña vete, que te van a reñir’, le afirmaba. enfermó cinco días una vez que se fuera su ‘yayo’». El libro es además un continuo reconocimiento a los sanitarios que, como , se han puesto «equipos agujereados porque no había más» – «¡mamá, mamá, os están aplaudiendo en los balcones!, irrumpen mis hijas en la habitación»–; a esos «valientes» que solamente han acabado la capacitad y ve todavía «temblar» cuando llega un paciente crítico; a la celadora del servicio de emergencias que se jubiló entre vítores de sus compañeros –«la Policía y los bomberos hicieron sonar sus sirenas y le han entregado un ramo de flores blancas»–; a esa otra compañera que «dormía con mascarilla para no contagiar a su niño de pecho»–; a Carmen y también Isabel, sanitarias además, con quien dio su primer recorrido, el 18 de mayo –«sin los días habrían sido mucho peores»–; a su perra Oliva, que se puso malita –«no tienes idea por qué sales muy poco a la calle. Tu compañía incondicional hace más contentos a los míos en tu sepa. ¡Cuídalos por mí, zalamera!»–… Estas que prosiguen son ciertas páginas de ese ‘períodico’ que nos enfrenta con la realidad más dura de esta pandemia.

«Hoy se pone en marcha el teléfono gratis de apoyo psicológico para los madrileños. Mientras que salgo horrorizada hacia la calle voy identificando un punto solitario para hacer la primera llamada. Después, en el mes de abril, van a venir otras tantas. Tras una breve locución escucho una voz calmada que quiere que todo lo que me tortura reduzca. En varias llamadas se han enfrentado a mis crisis de ansiedad: dolor de pecho, contrariedad para respirar, dolores musculares, llanto inconsolable que me impide pronunciar una cita sin interrupciones…».

«Llego al hotel, y aquí permaneceré hasta el 30 de mayo. Me traslado dejando atrás mi hogar para asegurar a mi mami, enferma de Alzheimer, y a mi padre octogenario. Se quedan al cargo de su cuidado mis dos hijas adolescentes, formidablemente responsables y adorables (…) Vivo en una habitación en la que todo es blanco: paredes, mobiliario, ropa de cama, ropa de baño. Hay un pelín de color en unas tímidas cortinas beige con sosas hojas azules (…) He vivido en soledad sesenta días y les he añorado cada minuto. Me observan las fotografías de las personas que dais sentido a mi vida, para apaciguar mi dolor y tristeza. Me habéis observado reposar, escribir y comer en el momento en que las fuerzas para cruzar un interminable pasillo, bajar y subir dos pisos por unas escaleras adornadas con pulcra sencillez marmórea –nunca toqué su pasamanos– y llegar al oprimente comedor, no me alcanzaban».

«No será un turno a la noche más. Hoy mi mejor amiga cumple años y cumple vida porque meses atrás le operaron del corazón (…) Es extraño trabajar junto a ti el día de tu cumpleaños y no poder abrazarte. Has restado horas de sueño para llevar a cabo un delicioso bizcocho sin gluten. Lo saboreamos hacia las tres de la madrugada. Juntas brindamos con vasos de refresco con cafeína a fin de que esto acabe próximamente».

«Fué mi primer Día de la Madre en soledad. No abrazar a mis hijas y a mi madre me llena de tristeza. La noche anterior trabajo en otro de esos turnos sin final, pero guardo las ganas de llevarles una sorpresa dulce. Me dirijo a un obrador magnífico en La capital de españa que elabora artículos libres de gluten. Mi mamá, una de mis hijas y somos celíacas. Tienen preparadas mis porciones de ‘selva negra’ y tarta de queso. Deposito la sorpresa dulce y desaparezco antes de tocar algo más que la puerta de entrada a casa».

«Hoy será un turno de trabajo diurno muy particular porque realizo mi primera extubación (sacar a un tolerante el tubo orotraqueal que le asiste para respirar, conectado a un ventilador mecánico) con éxito. Es el tercer intento, en los dos precedentes fracasó (…) He visto el delirio invadiendo tu cabeza y tu mirada. Te observaba, te sonreía por medio de mis capas de mascarilla. Tomaba una de tus manos para extraerte de tu infierno de alucinaciones. No podías contarme el camino de tu viaje, un tubo en la garganta te impedía chillar lo que veías durante días, de quién huías, hacia dónde ibas. Me paralizaba tu mirada. Sin decirme nada, me lo afirmabas todo».

«Una de nuestras pacientes va a recibir una videollamada de su familia y amigos. Lleva más de 45 días ingresada en la UCI. Disponemos de una tablet comprada por el hospital que enfundamos con folder de usar y tirar. La imagen no es totalmente nítida, mas la seguridad es bastante más esencial. La vorágine de sentimientos la aturde: ‘Comadre, ponte buena para poder abrazarte’, le dicen. Nombra a quienes van apareciendo en la pantalla. El tiempo en UCI no es gratuito, y no recuerda nada de los días anteriores a su ingreso ni de los siguientes. A mi compañera y a mí nos llama poderosamente la atención su tranquilidad. Su familia y amigos vierten lágrimas que ella tiene encerradas sin entender cuándo las dejará salir. La videollamada concluye con una frase: ‘Son ángeles, les debo la vida’».

«Estamos desarrollando síntomas de estrés postraumático. Esas imágenes del hospital nos trastornan, se han quedado grabadas en una memoria imborrable, sin reseteo posible. Comenzar a sentir una especie de fobia social nos preocupa. Ver la normalidad que la mayor parte de la población siente, nos enoja. En la UCI sigue habiendo pacientes ingresados desde marzo. Son extraños para la mayoría. Para nosotros son cercanos. Una compañera llora desconsoladamente en una papelería con su hija de corta edad. La pequeña toma su mano y, con sumo cariño, le afirma: ‘Mami, vámonos, ya compraremos mi libro otro día’. Otra compañera, en medio de una calle, comienza con mal de pecho, bloqueo mandibular, contrariedad respiratoria, llegando a enseñar ‘flashbacks’ que le hacen retroceder en el tiempo. La tercera compañera tardará unos años en cumplir tres décadas. Sus palabras vacilan al contar que transporta semanas durmiendo con su madre, las pesadillas son persistentes».

«En la primera quincena de agosto he descansado. Ese tiempo me ha servido para recobrarme física y, muy, emotivamente. Los intrusos cada vez tienen menos fuerza. Las pesadillas han desaparecido. Hago varios intentos ineficaces por sostenerme informada, no me siento con fuerzas para oír o leer lo que no habría de estar sucediendo. El último ingreso de un tolerante con Covid-19 positivo de la primera oleada se produjo a primeros de abril. El primer ingreso de un tolerante con exactamente el mismo diagnóstico de la segunda oleada será el día de mi incorporación (…). Hemos sentido una decepción generalizada, un ‘vuelta a comenzar’».

«Coloco música en el coche y llego más tranquila al turno»

Fátima atiende a la entrevista una tarde pasadas las seis. Acaba de levantarse de un sueño poco reparador, como lo es la mayoria de las veces cuando uno vive del revés. A las ocho comienza el momento a la noche. Otro más. «Del cansancio ahora ni hablo. Hace cuatro meses que no abrazo a mis progenitores y he entrado en un bache de enfado. Veo actitudes irresponsables de la multitud, a los políticos echándose los trastos a la cabeza… Nos han decepcionado. Entras al hospital y escuchas: ‘¡70 de saturación!’. Y piensas: ‘Otra vez…’. Me siento tal y como si estuviera en un ascensor que no cambia jamás de planta. Pero vas sacando los turnos como puedes. Trabajo con enfermeros que nunca han estado en la UCI y les veo temblar. Entonces creo que lo último que requieren es mi enfado, mi desánimo, y también intento transmitirles vitalidad». Fátima no puede perfeccionarse porque la hora se le echa encima conque se dirige al coche –vive en Navalcarnero y trabaja en Alcorcón–. Agarra el volante que ha sido testigo de tantos llantos estos días y pone música. «Me encanta el jazz, la música clásica, además el rock. La música me hace volar y me contribuye a entrar apacible al turno». Otro más de esos que dice «sin final».

Juan Castilla, sicólogo clínico

¿Cómo se aguantan otras 12 horas de turno cuando una por el momento no puede más?:
«Porque es una profesión muy vocacional de servicio al otro, ‘primero asistir al necesitado, luego yo. El compañerismo también juega un gran papel»
Cuenta Fátima que determinados de sus compañeros no fueron capaces ni de abrir el libro porque dentro se cuentan capítulos duros:
«Es habitual, porque muchos ya lo viven, para qué recrearse más… Lo mejor sería que cada sanitario hiciese su libro o bien períodico emocional para lograr encauzar todo lo que viven y poder exteriorizarlo… Asistencia mucho»
¿Cómo se ‘anestesian’ los sanitarios frente tanto mal extraño? ¿Es positivo que se ‘anestesien’?:
«Ya que con la vivencia y una buena gestión emocional , que se debería estudiar en las universidades y colegios. En los tiempos del Covid es todo más complejo. No hay tiempo para nada, todo es rapidísimo, pero el que no dé tiempo para pensar bastante se utiliza para ‘subsistir’. En cualquier caso, no es bueno trabajar anestesiado porque despersonalizas, y que los pacientes sean números ‘Covid o bien no Covid’ no es sano a medio plazo, aunque es comprensible. Es el mecanismo de defensa más automático»
¿Cuál es el primordial cuidado que necesitan quienes nos cuidan?:
«Lo primero y fundamental es que se les escuche, mas el principal cuidado que requieren es la protección en su puesto: mejores ratios, más medios de protección, mayor control de focos y más rastreadores para contribuir a los más vulnerables y a la población de riesgo, para no saturar los elementos asistenciales… Además hay que planificar el estrés postraumático que acarreará esta situación. A los sanitarios les pasará factura»



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