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El burro y el arriero ilustrado


Lo primero es limpiar Molinera. Isidro lleva unos días fuera con sus nietas y el burro al cuidado de un vecino descendiente de arrieros. Le acerca la manguera y la deja frotar con un gel de baño que tiene almendra y aguacate, según la etiqueta. Luego, al sol, el animal brilla como el negro azabache y hasta huele bien, como corresponde a un cuadrúpedo que su dueño cree que es descendiente del que tenía Apuleyus. List lo es, por supuesto, y no solo eso. Se podría decir que en el mundo de esta maestra de aldea y educadora apasionada, Molinera es la medida de casi todas las cosas. Isidro, natural de Belorado, en La Rioja, acabó en la Estación Gaucín dirigiendo la escuela y tratando de aprender de su entorno, fiel al movimiento de renovación pedagógica cuyas bases puso en práctica nada más llegar, a principios de los ochenta, montar una discoteca para los niños con cartones de huevos y celofán de colores. Además, preocupado por la integración en una sociedad pequeña y rural como esta localidad, observó que «en un espacio como este, con las puertas abiertas, la gente entra y toma lo que necesita pero siempre deja algo a cambio, te ponen los palos de los tomates, te cosecha … y también hay que vigilarlos; porque esto no es recibir, es dar ». Esta preocupación humanista, que expresa diciendo que se trata de «recorrer el mundo sin que el mundo te sea ajeno» está presente a lo largo de su trayectoria vital.

Pero Isidro no dejaba de ser el maestro o el director de la escuela e, incluso, siempre echar una mano a cualquiera que estuviera haciendo algo («manos que no das, ¿qué esperas?», Logró cruzar de la burra. Su deseo de cambiar el mundo dio paso a la certeza de que era él quien debía cambiar su punto de vista, “no para destacar sino para caminar juntos y, por supuesto, no meternos en política; ser uno más”. gran lección fue darse cuenta de que la gente lo trataba como a un maestro, le pedían que les escribiera cartas, les interpretara ordenanzas o las escribiera limpias, “pero había un vacío íntimo entre ellos y yo, la solución fue tomar el burro y pasar de ser el maestro a ser el más humilde de los aprendices de arriero ». Entre risas, relata el episodio que involucró su bautismo de fuego como miembro de la plebe, un día cuando, preocupado de que el burro se hubiera comido unas brochetas y pensando que ella se estaba ahogando, pidió ayuda «para hacer una traqueotomía, y resulta que los sonidos que hacía se debían a que yo estaba en celo y había olido unos caballos cercanos, yo era el hazmerreír de todo el pueblo y con ellos, al menos con los que tienen animales, siempre paso para ignorantes ».

Promueve rutas con animales por la Serranía de Ronda al estilo de los viajeros románticos

Isidro se dedica a tantas cosas que es difícil resumir su actividad, siempre orientada a la docencia y con el burro como compañero inseparable. Viaja con ella a los colegios (no todos se prestan) para recopilar ensayos y dibujos sobre un tema libre que previamente ha pedido a los niños que escriban y, al cabo de un rato, regresa con los textos, editados por él, transformados en pequeños. libros que llevan por título ‘Arre, burrita!’. De esta forma, intenta potenciar ese aprendizaje de cerca, de la experiencia personal y romántica tan popular en la Serranía de Ronda. Molinera también lleva un teatro de marionetas, «ella es el instrumento para que la gente se abra» y el carácter del arriero un papel efectivo profundamente arraigado en estos pueblos colgados de barrancos. Isidro ha escrito sobre ellos y su cultura, también sobre bandidos y sobre brujas. Dice que en este pueblo todavía hay unas ochenta mulas que trabajan un par de meses al año durante la extracción del corcho. Aquí se llama ‘la comida para llevar’. Habla con devoción de estas personas que vestían las mismas cosas que traían, que desarrollaron sus propios lenguajes para evitar los engaños de los comerciantes, que siempre caminaban de noche para llegar temprano a los mercados y que, lejos del tópico, ganarse la vida honestamente “No se puede ser contrabandista o traficante a tiempo parcial, como los chavales que suben y bajan en motocicleta todo el día en La Línea para advertir de los movimientos de la policía, lo eres o no lo eres”. Explica que los bandidos terminaron sus andanzas a principios del siglo XX, algunos como ‘Pasos Largos’ llegaron al inicio de la Guerra Civil y que después, tras ella, quedaron en la montaña republicanos que, como ‘El Rubio de Boadilla’ ‘, caminó durante décadas escondido en una choza. Ella todavía podía hablar con él y pedirle que escribiera las respuestas a las preguntas que los niños querían hacerle.

Isidro realiza largos viajes con Molinera, de más de un mes. Lleva alforjas con su comida y el burro lleva la tienda y el pienso. Deje que elija el lugar para acampar, en caso de que haya escorpiones, por ejemplo. Si se calma después de un tiempo, es una buena señal. Fueron de Ronda a Salamanca por la ruta del viaje que narra el escritor del Siglo de Oro Vicente Espinel en ‘Vida del escudero Marcos de Obregón’. Y junto a otros vecinos, promueve las rutas de lo que él llama «el camino romántico», una alternativa al espiritual que lleva a los peregrinos a Santiago, hijo de aquellos aventureros europeos que a mediados del siglo XIX se propusieron explorar las montañas. , acantilados, barrancos y pueblos blancos habitados por esos seres feroces que se enfrentaron a los franceses. Es fácil comprender la magia que rodea este paisaje áspero y a la vez hipnótico, con Ronda como epicentro, esa sucesión de quebradas y quebradas, alcornoques, castillos y casas esparcidas por un parche verde, Casares, Genalguacil, Jubrique y, desde aquí, a La Roca, la Alcazaba de Málaga, Cádiz o la Alhambra.

Isidro cree que «hay que buscar ocupación para todos estos hijos de arrieros y estos jinetes». Y defiende ese romanticismo como alternativa económica y social viable, así como en la escuela, donde le gustaría que los niños fueran los nuevos escritores de esas emociones que dieron origen a estas tierras y siempre «desde la humildad de poner a cada uno en su lugar, que es lo que me hace el asno, porque todo el mundo sabe que donde ella pisa yo también paso ».

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