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El planchar se marcha a terminar

El planchar se marcha a terminar

¿Por qué proseguimos planchando la ropa? Por un patrón estético bien difícil de desterrar, claro está. La visión de una arruga tuerce el gesto del más condescendiente, por sucia y también indigna. Tanto, que hace que un electrodoméstico con más de un siglo de vida prosiga vigente en los hogares, prácticamente inmutable en su diseño y ocupación. Mas esto, que no deja de atender a una convención social, está en clara caída.

Cuando su sentido original de poderoso desinfectante fue superado, el planchado tiene varios frentes de batalla libres difíciles de sobrepasar: es poco ecológico, la tecnología no ha evolucionado para librar del esfuerzo físico que supone, cuesta tiempo (o bien dinero) y la industria textil lleva a cabo cada vez más tejidos que lucen impolutos de este modo los centrifugues. Sus fanáticos por el momento no son legión.

La cuarentena por la pandemia de Covid-19 ha recordado a varios el exitación de no tener que planchar. ¿Para qué, si no había que someterse al escrutinio público desde el encierro casero? La Federación Española de Desarrolladores de Electrodomésticos constata esta situación que se ha vivido de puertas para adentro. Según los datos facilitados a este períodico, «la plancha es el electrodoméstico que más sufrió la caída de ventas» en este periodo de cuarentena. Este descenso en el mes de septiembre era del -7% respecto al año anterior. En el juntado de los meses, de enero a septiembre, además en comparación con 2019, el desapego por este electrónico se deja ver considerablemente más: un 21% menos de ventas, según los datos elaborados para la citada federación por GFK, la compañía de investigación de mercado de referencia en el área.

También otro personaje tan relevante de la ‘nueva normalidad’ como el epidemiólogo Fernando Simón puso en tela de juicio la conveniencia del planchado. Sus camisas lucían como recién sacadas de la lavadora en todos y cada comparecencia pública para dar de comer el chismorreo más trivial. Hasta que confesó en una entrevista: «La plancha fue útil porque en un instante sirvió para matar bichos. En el momento en que se han inventado lavadoras y limpiadores que pueden con eso, pasó a ser un elemento de fachada y dominación», ha dicho entonces sembrando la duda en mucha gente: ¿servía para matar bichos?

Los catedráticos de genética Héctor Díaz-Alejo, Eduardo Costas y Victoria López-Rodas firman un artículo científico sobre el particular en el que recuerdan que el planchado masivo se extendió con el objetivo de la I Guerra Mundial, en 1920, y prácticamente era un instrumento de supervivencia.

En esa época ya había evolucionado en su forma de hoy la primera plancha eléctrica que databa de 1882. Bajo el lema de «En cada hogar, una plancha», se popularizó para sobrepasar a sus precursoras de carbón. Por ese entonces, se había demostrado que la única forma de matar a una variante de piojo humano (no el que perdura en la actualidad en las cabezas de los pequeños sobre todo), transmisor de patologías mortales como el tifus, la fiebre de las trincheras y la fiebre recurrente epidémica. Hoy no nos preocupan, gracias en parte al planchado, pero en su día eran temidas porque «han costado a la raza humana más muerte que todas y cada una de las guerras juntas», sostienen los convocados especialistas.

Pero llegó el jabón, el agua ardiente y las lavadoras para cumplir con esta función desinfectante. Mas el hábito de planchar perduró. Los detractores de estas práctica arguyen razones de futuro que nada tiene que ver con la Historia. La primordial, que no esm edioambientalmente responsable. El Centro para la Diversificación y el Ahorro de Energía (IDAE) mantiene que el uso de este pequeño electrodoméstico implica uno de los consumos más significativos de la factura eléctrica, ya que su capacidad está entre los 1.000 y los 3.000 watios. Los de una nevera, por ejemplo, fluctúan entre los 250 y los 350. Red Solidaria, una ONG especializada en consumo energético traduce estos datos en términos ecológicos: no planchar una camisa equivale a plantar siete árboles y a absorber el dióxido de carbono de siete vehículos.

Al mundo le supone un esfuerzo, mas a sus individuos además. El por qué razón la tecnología no ha evolucionado a la par que otros aparatos del hogar para ahorrar sacrificios a los individuos es una incógnita. Es verdad que existen armarios de vapor en el mercado que eliminan arrugas con solo dejarla colgada dentro suyo un tiempo, mas los precios y su enorme tamaño tienen la posibilidad de ser el handicap que no permita su despegue,

Por el momento, para librarse de esta labor solo hay dos elecciones: atender a los consejos que pueblan una cantidad enorme de webs relativos al cómo lavar y tender para evadir al máximo tener que planchar después, o escoger bien los tejidos. El lino es probablemente el único que se vea bien naturalmente arrugado; por el contrario, las telas que tengan cuando menos el 25% de fibra sintética (lycra, acetato, poliéster…) van de la lavadora sorprendentemente lisas. Eso sí, el futuro pasa por la tecnología textil. Nuevos negociantes como Sepiia pusieron en el mercado tejidos inspirados en los astronautas que ni se arrugan ni se manchan.

Sepiia, el cambio real

El futuro se cuece en los laboratorios y en los de innovación textil la guerra a los tejidos poco ecológicos, que requieren de bastante lavado y más planchado, ahora empezó. Uno de los primeros en emprender esta pelea fueron los desarolladores de Sepiia, una marca de ropa confeccionada con un tejido que ni se mancha ni se arruga. Hasta pasada una semana no hace falta lavarla porque inclusive neutraliza las partículas del fragancia. Son camisas y camisetas «de diseños atemporales, que puedes usar durante varios años y que, a su vez, son más duraderas», describe Federico Sainz de Robles, principal creador de Sepiia que, desde su creación en 2016, puso en el mercado 20.000 de sus artículos, de los que fabrican desde la materia prima con la que hacen los filamentos que forman el tejido ‘mágico’ hasta el diseño del producto final. Con su negocio, los creadores de Sepiia aspiran a realizar dos objetivos: achicar el impacto medioambiental y cubrir «la necesidad de hacer prendas versátiles y cómodas para cualquier situación del día a día», de un consumidor que valora «la tranquilidad» sobre otras cosas. «Sentirnos a gusto en una prenda es un exitación. Y si te sientes cómodo con , provoca que te la desees poner considerablemente más y, a su vez, esto supone que adquieras menos prendas, por lo que ahora estás peleando contra la industria del ‘fast fashion’. Es un proceso de cambio que transporta tiempo, mas hay mercado de futuro», apuesta De Robles.



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