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François Sagan, la escritora que se jugaba la vida entre Ferraris y Aston Martin


La caída de Dien Bien Phu no será el único elemento que agite a la sociedad francesa en 1954. En los escaparates de las librerías hace aparición una novela, «Bonjour Tristesse» (Buenos días , tristeza) que rompe muchos esquemas. Es la narración de una joven de buena familia capaz de hacer el cariño sin estar enamorada, de dar críticas sobre el sexo muy distanciadas de los códigos morales del momento, y de charla con su padre de los amores de este, con una complicidad inaceptable en la época; el escándalo está servido inclusive en la liberal Francia. Exactamente la misma autora, que solo tiene 19 años, debe renunciar a que figure su auténtico apellido en la primera plana pues su padre no desea que relacionen a la familia con similar provocación literaria y así Françoise Quoirez continúa en la intimidad mientras que brinca a la popularidad Françoise Sagan, un nuevo nombre nacido en las hojas de «En busca del tiempo perdido» de Marcel Proust, pero que no se sabe bien si se identifica con el dandy Boson de Talleyrand-Périgord, príncipe de Sagán, o con la princesa de Sagán.

Françoise Sagán ha nativo de Cajarc, tierra de mosqueteros en la Gascuña francesa, el 21 de junio de 1935. Es la tercera de los hijos de una familia perteneciente a la alta burguesía. Su padre, ingeniero, está al frente de una sustancial compañía en tanto que su madre encaja en el arquetipo de mujer de la alta sociedad, con un estilo de vida, frívolo para muchos, mas en definitiva propio de su estatus y del momento, dedicándose más a las relaciones sociales que al precaución de sus hijos que deja en manos de una nurse. En la casa se vive una esmerada educación, no se tienen la posibilidad de decir palabras malsonantes, ni hablar mal de nadie, y en la mesa está contraindicado tratar de política, religión o bien dinero. Pero el nacimiento de Françoise se ha producido tras la perdida de un anterior bebé, por lo cual la novedosa niña es una feliz sorpresa para los padres lo que la facilitará imponer su intención sin precisar enormes sacrificios. Es capaz y a los un par de años ya cogía los libros de la biblioteca familiar y simulaba leerlos, mas esa etapa pasa rápida ya que próximamente aprende a leer y a redactar, y a inventar cuentos de hadas, e incluso escribe una novela de caballería, y al tiempo divierte a los amigos de sus padres con ingeniosos juegos de palabras.

Domina la situación, sabe imponer su voluntad; con solo nueve años conduce ocasionalmente el coche de su padre y logra que la secretaria de este la enseñe a escribir a máquina. La expulsan del instituto «por su poco amor por el esfuerzo», aunque la adolescente de aspecto andrógino, un «garçón manqué» como agrada decir a los franceses, de todos modos busca escapar de las cuatro paredes donde su talento se encuentra preso , y se arroja a escribir .

El manuscrito de «Bonjour tristesse» es enviado en 1954 al editor Denoël donde debería ser leído por François Nourissier que no obstante ni lo abre. Pocos días después en el momento en que escoge echarle un vistazo aconsejado por una amiga es ya demasiado tarde; Françoise Sagán acaba de firmar con el editor René Julliard que le paga 50.000 francos, el doble de lo que aguardaba la joven autora.

Julliard realiza un cuidados lanzamiento de la novela, el éxito es inmediato y a las unas semanas Sagán recibe el respetado Premio de la Crítica de manos de un jurado en el que figuran nombres como Georges Bataille, Marcel Arland, Maurice Nadeau, Jean Paulhan y Roger Caillois. Y el premio conlleva un cheque de 100.000 francos. En todas partes se charla del fenómeno Sagán al que el Nobel de literatura François Mauriac define como «pequeño monstruo cautivador», mientras que el Vaticano sitúa en su popular Index, la lista de libros prohibidos, a «Bonjour Tristesse» , por considerarla un «veneno» para la juventud…¡ una situación que potencia aún más si cabe la promoción de la novela!

Con su segunda obra, «Un certain sourire» (1956), confirmaba su talento. Al relatar la historia de una muchacha que se enamora de un hombre casado, de edad suficiente como para ser su padre, da muestras por segunda vez de una maestría literaria impactante, aunque se la logre criticar defectos en la concepción de sus personajes y en el avance de la trama, mas no en su magnífico estilo narrativo. A los 20 años, Françoise Sagan disfruta de una fama que ningún novelista había alcanzado a aquella edad. Y puede hacer situación algunos de sus sueños, como el automóvil.

Al viento y con los pies descalzos

Ama los vehículos, más que nada los roadster, sin techo que coarte la independencia, y ama conducirlos con los pies desnudos, sintiendo en su cuerpo «ese animal que lanzamos despacio al ataque de la ciudad y de sus calles, del campo y sus carreteras; esa máquina lentamente reanimada, poco a poco más cómoda consigo misma, lentamente excitada por lo cual ve simultáneamente que ; las avenidas o los campos, en cualquier caso superficies llanas, resbaladizas. Deslizantes, en las que poder superarse».

Ya con los derechos de autor de «Bonjour Tristesse» adquisición un Jaguar XK 120 de ocasión. Con el Jaguar mediante la Nacional 7 bajará desde París hasta su querida Saint Tropez, y por sus calles se le va a poder ver acompañada por el director Otto Preminger , que dirigirá la versión cinematográfica de Bonjour tristesse» (1958) con Jean Seberg, Deborah Kerr y David Niven como personajes principales.

En 1956 consigue entre los tres 36S con motor de ocho tubos de 233 cv que Amadée Gordini había construido para correr las 24 Horas de Le Mans del 55. Es un verdadero coche de competición pero el cariño por la velocidad de Françoise carece de sentido deportivo; «el gusto por la velocidad no está relacionado con el deporte. De la misma forma que está relacionado con el juego, el azar, la velocidad se relaciona además con la alegría de vivir y, consecuentemente, con la confusa promesa de morir que acompaña siempre la alegría de vivir».

Los éxitos literarios la aceptan conseguir el popular Aston Martin en que un 14 de abril de 1957 está a puntito de perecer cuando a 160 km/h está de forma inesperada con una curva y se sale de la carretera. Queda prisionera en el amasijo de hierros en que se convirtió el bello británico, inclusive le administran la extremaunción, pero en el final consiguen sacarla viva. Tardará bastantes meses en recobrase de sus lesiones y los fuertes dolores obligarán a administrarla morfina, una de las causas de la adicción a las drogas que la perseguirá toda su historia.

Esto no romperá su afición. Gracias al éxito de La Chamade adquiere en 1965 un Ferrari 250 GT. …«A 200 quilómetros por hora…la sangre por el momento no se coagula al nivel del corazón, la sangre brinca hasta la punta de las manos, de los pies, de los párpados convertidos en centinelas mortales y también inexorables de nuestra propia vida…quien no haya sentido cómo su cuerpo se pone en guardia mientras su mano derecha se alarga para acariciar el cambio de marchas y la izquierda se cierra sobre el volante… Quien no haya experimentado, al entregarse a estas tentativas de supervivencia, el silencio prestigioso y impresionante de una muerte próxima, esa mezcla de rechazo y de provocación, es que no le agrada la velocidad, que no ha amado la vida… o es que nunca ha amado a nadie».



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