Con los años tengo cada vez más clarinetes donde prefiero abandonarme a los placeres de mi estómago, que no son más que rodearme de buena gente y montones de cubiteras sin tener demasiado en cuenta lo que comes, porque hay establecimientos. como lo que comemos hoy, es divertido el ascenso al barrio San Sebastiano de Igeldo, que se ha pasado toda una vida refinando sus fogones y embelleciendo el ambiente para gran satisfacción de los que plantamos el trasero en sus estructuras.

De esos años de croquetas y una botella de sidra bajo los plátanos los sábados a la hora del aperitivo, ¿qué queda hoy ?, pues un pueblo deliciosamente transformado en uno de los pocos lugares del mundo donde mis ojos son chiribita si sé que he comido allí con la servilleta atada al cuello. Sus espacios interiores han sido reorganizados y sus encantadores comedores transformados en espectáculos de luz y buen gusto, la disposición de sus mesas permite que el exhibicionista sea observado por la multitud masticando una langosta cocida con dos carrilleras con reloj. de muñeca, o el más pegajoso como yo, escondido en la cabina o detrás de las columnas, ¡agachado! para dar cuenta de los huesos de un cuello o la corona de espinas de un lenguado churuscado, con su reelaboración. En definitiva, es un lugar para gordos y flacos, para excesivos y quisquillosos o para dandies y amantes de los pantalones mahoneses, las camisas de lino y las alpargatas de esparto.

Rekondo | San Sebastian

Dirección

Paseo Igueldo 57

Teléfono

943 212 907

telaraña

www.rekondo.com

Con quien

Con amigos / En pareja / En familia / Negocios

Si me dieran un lápiz y una hoja de papel, podría dibujar un mapa y reproducir todos los momentos de felicidad vividos dentro de sus cuatro paredes, porque desde que era un niño tierno disfruté siendo una verdadera compañía loca de familia, primos, padres. y hermanos, celebramos cumpleaños, fiestas, comuniones, separaciones matrimoniales o nos aferramos a la vida entre compañeros regalando jamón ibérico, chuletas con patatas fritas y vino después de enterrar a un ser querido. Bueno, para quienes aún no lo han experimentado, el dolor que provoca la pérdida de un ser querido los empuja a vivir aún más intensamente y descorchar botellas, besar fuerte, agitar los brazos como un Toro Sentado, decir buenas noches con un escalofrío por el tu pareja o escucha música a todo volumen en tu concierto en casa o en el estéreo de tu auto, como un loco feliz y triste

Llevar la felicidad a todos los clientes, que disfrutamos como si el mundo fuera a acabarse mañana.

Y a esto nos dirigimos constantemente y en peregrinaje a la catedral de la espinilla y las patas del gran Txomin, personaje fundamental en nuestra vida que ha traído felicidad a cada uno de los clientes de la casa, mientras cruzamos el umbral de la puerta adiestrada y Diviértete, bebe y ríe como si el mundo se acabara pasado mañana. Los menos creyentes regresan locamente de su monumental bodega, que alberga pasillos y estanterías que quisieran las Bibliotecas Vaticanas, llenas de incunables y documentos que cuestionan la existencia de Dios y del mismísimo diablo. Dada la magnitud de lo que allí acumulan, no les queda más remedio que cruzar y entregarse en los brazos del lío, porque estos tiempos de angustia y malestar invitan a romper esos límites que separan al epicúreo de los insaciables zampabollos.

Siempre he desconfiado de aquellos que nunca se han cansado de comer o se han agarrado un cuerno de quince, porque así conocen sus límites y vuelven refrescados por la indulgencia o clavados con la sensación de una nueva oportunidad, porque aunque algunos piensen lo contrario. , la gastronomía es un arte amargo con el que recordamos nuestro último naufragio. Se hacen sentir los años y cada uno de los platos de jamón y lomo ibérico, sopas de pescado, pimientos del piquillo rellenos de rabo, ¡qué delicia antediluviana! Arroz con almejas, ¡qué delicia! O esos inmaculados lomos de merluza con almejas, nos recuerdan que todavía estamos vivos y con ganas de sentarnos bajo los plátanos en su terraza con un apetito voraz, como signo inequívoco de que seguimos conectados con el mundo. Cuajada de oveja o bacon celeste, canutilli con nata y helado de turrón o tarta de manzana caliente son cierres colosales, pero si un tribunal de la Santa Inquisición decide ejecutarme al amanecer, mi último deseo sería una barra de pan. y una enorme cazuela de kokotxas de merluza en salsa verde Rekondo.

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