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Un traspaso de poderes a prueba de robos


La ‘transición presidencial’ es el periodo que va desde la proclamación del resultado electoral hasta la toma de posesión en las escaleras del Capitolio, siempre un 20 de enero. En un caso así, setenta y cuatro días que habrían de ser de colaboración institucional y buenas formas, y a lo largo de los que las administraciones saliente y entrante entregan y reciben el control de los mecanismos de poder. Hasta la actualidad, porque si algo demostró Trump es que la verdad es un campo abonado para el adefesio y que a menudo sobrepasa a la ficción.

Si bien es verdad que, hasta que expire su orden, Trump mantendrá los poderes que tiene ahora, no lo es menos que el sistema le impide hacer un uso extenso de . En las próximas semanas, periodo conocido como ‘lame duck’ (pato cojo), la actividad parlamentaria funcionará bajo mínimos a la espera del nuevo curso, lo que en la práctica significa que el Congreso no aceptará ninguna idea legislativa que provenga del actual presidente, ni tampoco se le remitirá a fin de que la sancione.

No hay lugar para las ocurrencias de última hora. Un memorando firmado por ambos candidatos establece hasta el mínimo detalle las líneas de comunicación entre quien deja el puesto y quien se dispone a asumirlo, los acuerdos que se tienen la posibilidad de alcanzar y hasta la información de inteligencia o bien estrategia militar que comparten y que no debe hacerse pública.

Mal fario

Bastante han cambiado las cosas en los últimos 4 años. Tras la victoria de Trump, cuando el presidente electo se reunió con Obama a pesar de que ambos eran conscientes de que la prioridad del primero iba a ser acabar con los anhelos del segundo, el clima fue exquisito. El candidato republicano se ve, sin embargo, haber olvidado las buenas formas. En el momento en que lo que se estila es recibir la felicitación de tu adversario, eligió desde el primer instante por cultivar dudas sobre la legitimidad del escrutinio, llegando al extremo de autoproclamarse vencedor en el momento en que las urnas no habían terminado de charlar. Inmerso en su realidad paralela, Trump ha llegado al radical en las últimas semanas de marcar las distancias con su conjunto de transición porque, según el ‘Washington Post’, el mero hecho de contemplar la posibilidad de que su contrincante venciera podía traerle mal fario.

Las excentricidades de Trump no deberían, no obstante, afectar al curso de los acontecimientos. De este modo lo sabe Emili Blasco, director de Global Affairs & Strategic Studies, para quien «la negativa de Trump a reunirse con Biden no representaría un problema. La maquinaría está regulada por ley e incluso las áreas de trabajo de traspaso llevan haciendo un trabajo desde que se conoció la identidad de los aspirantes, lo que implica construir un equipo y disponer de fondos públicos. Cierto que, si hay alguna acción en los tribunales, el proceso se puede ralentizar. Mas, cuando se reúna el instituto electoral y se declare al candidato electo, poco puede hacer Trump».

Nunca hasta la actualidad existió peligro de ruptura del orden constitucional. «El traslado de poder siempre ha sido pacífico -recordaba en la CNN el abogado constitucionalista Rafael Cox-. Aquí no cabe el criterio de golpe de estado o motín, porque la autoridad militar siempre está supeditada al poder civil». Desde el equipo de seguridad del presidente hasta el Ejército o el Pentágono, todos saben que la Constitución está por encima de lo demás, y que en el hipotético en el caso de que Trump rehusara dejar la Casa Blanca lo terminaría realizando por la fuerza. No los republicanos del Senado le prestarían su acompañamiento».

Servicios secretos, en situación

El partido demócrata lanzaba ayer su página web -en inglés y español- para la transición del gobierno, en un intento por mostrar que, aunque no haya todavía un presidente ‘oficial’, el equipo de Joe Biden y Kamala Harris está preparándose «a toda velocidad» para que la novedosa Administración sea completamente operativa «desde el primero de los días». Pandemia, recesión económica, cambio climático e injusticia racial marcan su hoja de ruta.

Fruto de este nuevo escenario, los servicios misterios han comenzado a aumentar la protección de Biden en previsión de su victoria, enviando refuerzos a Vilmintong, Delawere, donde está su cuartel general y donde docenas de agentes velaban ya por su seguridad. Si su rival sostuviera la negativa a aceptar los resultados, las fuerzas de seguridad deberían esperar hasta que el instituto electoral se reúna a mediados de diciembre (una semana tras el límite fijado para solucionar los posibles contenciosos) para tratar a Biden como el gobernante del país elegido.

«Si Trump rehusara dejar la Casa Blanca, lo sacarían por fuerza. La Constitución está sobre todas las cosas», afirma un analista a la CNN

Será, de confirmarse, la primera derrota de un presidente en ejercicio en 28 años (ocurrió por última vez con George H.W. Bush), aunque todo apunta a que Trump seguirá siendo una fuerza «perturbadora» hasta el momento en que su período se apague. De este modo lo señalaba ayer el ‘New York Times’, convencido de que, «gane o bien pierda», el actual ocupante del Despacho Oval «no abandonará tranquilamente el ámbito político». El presidente, advertía el rotativo, dispone de tiempo para saldar cuentas con supuestos adversarios o quienes, según su percepción, no hayan estado a la altura; desde Christopher A. Wray, director del FBI, hasta el doctor Anthony S. Fauci, el experto en enfermedades infecciosas con quien tantos roces ha protagonizado durante la pandemia.

¿Puede Trump declarar una guerra antes de su marcha?

Si ningún momento es bueno para cometer disparates, este lo es todavía menos. Hasta el momento en que se produzca el traspaso de poderes, el presidente saliente no va a poder embarcarse en ninguna aventura de calado. «Una declaración de guerra, entre otras cosas -explica Emili Blasco-, escapa al ámbito de actuación de Trump y debe ser aprobada por el Senado». Aunque siempre hay espacio para los subterfugios o ‘midnight actions’, elecciones impetuosas tomadas en instantes de especial tensión. Un bombardeo, por ejemplo, en un país donde peligren vidas o intereses norteamericanos.

CIA y FBI

En niveles en compromiso como el actual, la mirada no tarda en dirigirse a agencias como la CIA y el FBI, aunque Blasco no cree que, en un sistema como el estadounidense, representen un peligro. «Tomar medidas extremas cuando te quedan dos meses de mandato chirría demasiado». Eso no supone que, en momentos de indecisión, el jefe no logre destituir a quien no le lleve a cabo caso o cuya lealtad cuestione. «El nombramiento del jefe del FBI depende del Departamento de Justicia, mas el de la CIA es más una elección presidencial. Seguramente en este preciso momento existen muchos cargos que deben de estar pensando a quién se tienen que».



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